Pude ser el elástico de un calzón barato que a nadie convenció –a pesar de la oferta– y terminó en la bodega; la pistola asesina que inculpó al vagabundo que dormía en el basurero; una de las medallas de un piloto comercial que dejó a su familia por la azafata, o la jarrita de agua supuestamente purificada que tengo para toda la noche en este hotel de cortinas hechas en China.

Pude ser una de las gatas que se fueron de noche contigo; la mirilla por la que veo gordo a mi vecino (y delgados y curveados a sus muchos amantes); el zapato que perdí en un parque de Durango por borracho y busca pleitos; la enciclopedia que leí en orden alfabético y me sigue esperando en el librero de mi madre, o el pedazo de madera podrida que encalló en una playa fría de los mares del norte años después del naufragio.

Pude ser una de las treinta y tantas colillas que seguramente amanecerán en el cenicero (como sucede en estos días); un celular golpeado que no tuvo funda como otros; la corbata de un comentarista de fútbol castrado que imposta la voz, o las botas de un soldado que salió con la esperanza de volver y fue sepultado en el lodo, en el campo de batalla, junto a una cartera que escondía recuerdos estúpidos y que eran, lejos donde estaba, el hilo que lo mantenía atado a la tierra y despierto.

Fui yo.

Pude ser cualquiera de las luces encendidas de esta ciudad huésped-celda; un vaso que se quiebra en el bar de solteros que me espera a unas cuadras; la maleta destartalada que sirvió para muchos viajes y que pienso sustituir por otra de mejor marca; un cachorro de veterinaria que jamás amamantó y no llora por su madre sino por la incertidumbre, o este candil de plástico que seguramente querrán cobrarme cuando me vaya (porque lo uso para buscar colores en la ropa de mañana, ahora que tus ojos sanos ya no están).

Pude ser la etiqueta que arrancas de tu nueva blusa o alguna de tus cremas o la ropa que ya no te llevaste; el collar de perlas de la señora que levanta la suciedad de su perro en el parque; la gabardina negra de un judío en domingo, o el conserje de uno de los tantos edificios del barrio que me enseñaste a observar –como muchas otras cosas– pero que no tocamos, seguro que no tocamos, te juro que no tocamos porque me habría dado cuenta que nacieron fríos y desde entonces se están cayendo.

Pude ser cualquier cosa, pero no: fui (soy) yo, el mismo que conoces, el que no cambió: paracaídas que no abre, bomba de tiempo bajo la axila[1].

Alejandro Páez Varela[2].

Bibliografía

[En línea] http://www.alejandropaez.net/el-autor/.

Varela., Alejandro Páez. 2006. Alejandro Páez Varela. http://www.alejandropaez.net. [En línea] 24 de Agosto de 2006. [Citado el: 5 de Julio de 2017.] http://www.alejandropaez.net/24-08-2006/fui-yo/.

[1] (Varela., 2006)

[2] Nací en 1968 y creo que desde entonces soy fundamentalmente reportero. Todo lo demás es un agregado de la vida. He sido editor y funcionario de varios medios mexicanos, tanto del interior del país como del Distrito Federal. Fui subdirector de El Universal y ex subdirector fundador de El Despertador SA, editorial desde la que publicamos Día Siete. He escrito para Newsweek y para las manteletas de papel de los restaurantes y bares que acostumbro, que no son muchos pero sí recurrentes. En 2007, junto con Laura de Ita y con Jaime López, Patricia Llaca, Vanessa Bauche, Álvaro Guerrero, Martha Claudia Moreno, Carmina Narro, Dolores Tapia, José Luis Domínguez, Renata Wimer, Ari Brickman, Nuridia Briceño, Abel Membrillo y los músicos que componen el grupo indie Polka Madre publiqué Paracaídas que no abre (Almadía, 2008); las letras son mías y las rolas de ellos. Con Jorge Zepeda Patterson y otros colegas escribí Los Amos de México (Planeta, 2007), Los Suspirantes (Planeta, 2005) y Los Intocables (Planeta, 2007). He encabezado los equipos que modernizaron, entre 2001 y 2008, más de 18 periódicos. Con Jorge Zepeda inicié Versalitas SC, nuestra empresa dedicada a reingeniería y rediseño de periódicos; con Rita Varela hice Todos Editores SC, destinada a prestar servicios periodísticos.

Sufrí como editor de El Economista, Reforma y El Universal, en el DF. Antes padecí de jefe de redacción de El Diario de Juárez y de reportero en periódicos como El Fronterizo, El Mexicano, El Heraldo de Chihuahua. Estuve en la corresponsalía de Excélsior en Chihuahua hace como años y en el buró en México de The Dallas Morning News. Bebo Herradura blanco, cerveza y mucho vino tinto. Vivo sólo del sudor de mis índices, porque no escribo con todos los dedos. Lloro cuando veo televisión y procuro no meterme al cine solo.

Tengo dos hijos: Simone y Niño. Son la luz de mis ojos. Mis cachorros llenan de luz la casa aunque a veces me provoquen alergia.

Mis últimos tres libros hablan de mi orígen, de Ciudad Juárez: La Guerra por Juárez (Planeta, 2009) trata sobre la barbarie en esa frontera y en terrible error de lanzar una guerra por razones políticas y morales. En Corazón de Kaláshnikov rescato muchas de las historias que acumulé como reportero de policiaca en El Mexicano, diario de esa ciudad; es novela, mi primera novela. Y en No incluye baterías (Cal y Arena, 2010) hago una especie de diario de dos años de vivir en un país tan sufrido como México.

Actualmente vivo entre mi casa, mis tres bares y la oficina. Camino, ando en bicicleta y lucho contra el cigarro y contra mis propios fantasmas. No será difícil encontrarme por allí con el móvil en la mano y escribiendo mensajes para Facebook, para Twitter y para quien se atreva a darme su número de celular. (Varela., 2006)

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